Una historia sobre una boda, una familia difícil y una decisión inesperada

La disrupción dejó de ser logística.
Se volvió personal.
Una noche, el teléfono de Mia se encendió. Número desconocido.
Un solo mensaje.
Capturas de pantalla.
Estados bancarios falsificados. Conversaciones privadas que ella jamás escribió.
Todo diseñado para insinuar una sola cosa:
que se casaba con Daniel por estatus. Por dinero.
El remitente escribió solo dos palabras:
La gente habla.
Minutos después, Daniel apareció en la puerta con el teléfono en la mano, mostrando las mismas imágenes.
—Mia… sabes que no creo esto.
Sus ojos lo decían.
Pero hubo una pausa mínima antes de agregar:
—Es solo que… mi madre dijo que alguien escuchó que venía de tu trabajo.
No fue acusación.
Fue duda.
Delgada. Silenciosa. Pero viva.
Mia no se alteró. Caminó hasta su escritorio, abrió un cajón y regresó con documentos reales.
Los colocó en sus manos.
—Esta es la verdad —dijo—. Ahora decide en quién confías.
El rostro de Daniel cambió.
No de ira.
De despertar.
Esto ya no era estrés de boda.
Era una guerra por insinuación.