Una historia sobre una boda, una familia difícil y una decisión inesperada

Mia no confrontó a nadie.
Solo cambió su posición.
Dejó de existir dentro del campo de control de Eleanor…
y se desplazó apenas fuera de él.
Así que cuando otro proveedor llamó para “confirmar un cambio” que ella nunca hizo, no explicó nada por teléfono.
Condujo hasta la floristería.
Rachel, la florista, pareció aliviada al verla.
—Dudé —confesó—. Tu suegra dijo que querías cambiar toda la paleta, pero su tono… no coincidía.
Mia respondió con calma absoluta:
—Gracias por esperar. Mantengamos el pedido original. Y por favor, inclúyeme en toda la comunicación a partir de ahora.
Rachel asintió.
Ese fue el momento en que el cambio se volvió visible.
No explosivo.
No dramático.
Pero innegable.
Los proveedores comenzaron a contactarla directamente.
Un entendimiento silencioso se instaló entre ellos:
Eleanor ya no era la fuente de claridad.
Lo era ella.
Y Mia —por primera vez en semanas— exhaló.
No por alivio.
Por ajuste.