Una historia sobre una boda, una familia difícil y una decisión inesperada

Una interrupción se convirtió en varias.
En pocos días, las llamadas se multiplicaron.
—Solo confirmamos el cambio que solicitó.
El fotógrafo.
El proveedor de asientos.
Un detalle del catering que Mia ni siquiera había discutido aún.
Cada ajuste de Eleanor sonaba razonable.
—Optimizar antes de que sea un problema.
—Las decisiones preventivas son la base de un evento bien gestionado.
Pero el patrón era exacto:
Mia siempre se enteraba después.
Nunca antes.
Daniel insistía en que no era intencional.
—Ella solo es eficiente —decía—. Odia el desorden.
Pero las consecuencias eran reales.
Nuevos depósitos. Retrasos contractuales. Familiares llamando para aclaraciones que ella no tenía.
Y a través de cada corrección silenciosa, una verdad se volvió imposible de ignorar:
Mia estaba organizando la boda.
Pero Eleanor la estaba escribiendo.
No protestó.
Aún no.
Empezó a registrar todo. Con cuidado. En privado.
No para luchar.
Sino porque su instinto le decía que algún día, sobrevivir requeriría pruebas.