Una historia sobre una boda, una familia difícil y una decisión inesperada

Cuando anunciaron el compromiso, las felicitaciones llegaron rápido… envueltas en autoridad.
—Nos encantaría organizar la boda —dijo Eleanor.
No exactamente una oferta.
No exactamente una pregunta.
Una declaración cubierta de seda y expectativa.
Daniel pareció aliviado. Siempre había confiado la logística a su madre.
Contra su intuición, Mia aceptó.
El control se transfirió de inmediato.
No mediante discusiones, sino mediante omisiones.
Las reuniones de planificación se programaban sin copiarla.
Los lugares se seleccionaban según la “reputación familiar”.
Cada correo la llamaba la futura señora Whitmore, como si su nombre real fuera provisional.
Cuando Mia aportaba una idea, Eleanor respondía con una sonrisa perfectamente calibrada para cerrar la conversación sin rechazarla.
Cuando Mia sugirió, con cautela, una ceremonia pequeña al aire libre, Eleanor incluso rió.
—Las bodas al aire libre son encantadoras… en el tipo de evento adecuado.
Daniel no dijo nada. Solo le apretó la mano suavemente y cambió de tema.
Ese fue el momento exacto —sin ruido, sin drama— en que el papel de Mia cambió.
Seguía siendo la novia.
Simplemente ya no era la autoridad.