Una historia sobre una boda, una familia difícil y una decisión inesperada

A pesar de todo, la ceremonia se completó.
No perfecta.
Pero intacta.
Se casaron bajo un cielo cambiante. Luz, sombra, luz otra vez.
Como todo lo que los había llevado hasta allí.
En la recepción, la calma regresó.
Las risas. La música.
Los elogios a su compostura.
Mia no sonrió por alivio.
Sonrió porque sabía que nunca había perdido el centro.
Más tarde, brindó.
Su voz fue firme. Natural.
—Por el amor que se sostiene —no en la calma— sino en la tormenta.
Y luego, tras una pausa:
—Y por la familia… no solo la que heredamos, sino la que elegimos honrar.
El aplauso fue cálido.
La expresión de Eleanor, como siempre, ilegible.
Horas después, un correo electrónico.
Del consejo.
“La esperamos la próxima semana para la revisión de asociación con el Grupo Whitmore.”
Mia miró al otro lado del salón.
Eleanor conversaba, ajena.
Giró el teléfono boca abajo.
No con triunfo.
Con cierre.
Porque la guerra había terminado…
en el momento en que ya no necesitó ganarla.