La dejó en su peor momento, pero su reacción sorprendió a todos

Antes, todo había sido sencillo. Amar, reír, vivir.
Las mañanas comenzaban igual: la luz del sol entrando a la cocina, la radio tarareando una canción antigua mientras Clara batía la mezcla para los panqueques. El café humeaba junto a su cuaderno de dibujo, el aroma del jarabe llenando el aire.
Evan aparecía medio dormido, con la corbata colgando sin cuidado alrededor del cuello.
—Te levantaste temprano —murmuraba, besándole la mejilla.
—Dices eso todas las mañanas —respondía ella con una sonrisa.
—Y tú siempre haces que suene como un cumplido —decía él, riendo.
Llevaban cinco años de casados. Cinco años de pequeños rituales y alegrías silenciosas. Clara enseñaba arte a niños por las tardes; su estudio estaba cubierto de dibujos torcidos y soles pintados con acuarela. La vida se sentía estable, predecible en el mejor sentido. No podía saber que, a veces, lo que te destruye comienza en silencio: una hemorragia nasal, un moretón, un cansancio atribuido al estrés.