La dejó en su peor momento, pero su reacción sorprendió a todos

Clara le entregó un sobre que estaba sobre la mesa.
—Los papeles del divorcio —dijo—. Puedes firmarlos o no. De cualquier forma, terminé.
Él dudó.
—Clara… nunca quise hacerte daño.
Ella sonrió apenas.
—Eso es lo que pasa con las intenciones. No borran lo que hiciste.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, el silencio ya no pesaba. Era limpio.
Clara volvió a su caballete. En el lienzo, una mujer miraba hacia la luz, de espaldas a la tormenta. Sumergió el pincel en dorado, con la mano firme y la respiración tranquila.
Pincelada tras pincelada, la mujer cobró vida: radiante, intacta, libre.
Por primera vez, Clara no estaba pintando una pérdida.
Estaba pintándose a sí misma.