Una historia sobre una mujer y un descubrimiento inesperado en invierno

Los expertos en vida silvestre no podían explicarlo. No existía un vínculo biológico, ni una razón clara para que un depredador como un oso protegiera a las crías de otra especie, y menos aún a mofetas. Sin embargo, la evidencia era irrefutable. Las pequeñas estaban ilesas, limpias, sanas y llenas de energía.
Margaret nunca volvió a abrir el cobertizo. Lo dejó intacto, casi con respeto, como si aquel lugar se hubiera convertido en algo especial.
Y ahora, cada nueva primavera, no puede evitar preguntarse: si algún día vuelve a forzar esa puerta, ¿quién —o qué— podría estar dentro, esperando refugio?