Una historia sobre una mujer y un descubrimiento inesperado en invierno

Con las manos temblorosas, cerró la puerta tan suavemente como pudo y regresó apresurada a la casa. Su primera llamada fue a los servicios locales de vida silvestre. Habló en voz baja, como si el oso pudiera escucharla a través del teléfono.
Para su sorpresa, los funcionarios no parecían alarmados. Le explicaron algo que pocas personas fuera de las zonas rurales saben: durante inviernos duros, los osos a veces buscan refugio en graneros, cobertizos o incluso garajes, en busca de calor y protección. No era algo extraño, dijeron. Era supervivencia.
Las instrucciones fueron claras: dejar al oso tranquilo. No molestarlo. Estaba hibernando y, cuando llegara la primavera, se marcharía por su cuenta.
Así que Margaret esperó. Escuchó. De vez en cuando se acercaba al cobertizo y apoyaba el oído en la madera, tranquilizándose al percibir el ritmo lento y constante de su respiración.